Por: Pedro Dávila-Jácome
Aplicar los prefijos en la vida diaria no es un simple ejercicio lingüístico; es, en esencia, un acto de estricta conciencia. El prefijo RE nos invita a volver sobre nosotros mismos con intención y carácter: repeler pensamientos negativos, reprogramar creencias limitantes y abrirnos a la posibilidad de nuevas oportunidades en la posibilidad de redefinirnos, reeducarnos, reiniciar.
En ese volver a empezar hay una fuerza silenciosa pero decisiva. Platón advertía que “el comienzo es la parte más importante de la obra”, y acaso no exista comienzo más determinante que aquel que nace de una decisión interior: la de pensarnos de nuevo.
Las oportunidades, en ese sentido, no son eventos fortuitos ni concesiones externas. Son puertas que se abren primero en la mente. Existe un poder en la conciencia humana que va más allá de la simplificación de la llamada ley de atracción. Se trata de comprender que la mente es infinita cuando se libera del miedo y de la inercia. Vivir el aquí y el ahora no es una consigna de moda, sino una disciplina: exige presencia, espontaneidad y cierta dosis de desinhibición frente al juicio ajeno. Solo quien se atreve a estar plenamente en el presente puede reconocer la oportunidad cuando esta se manifiesta.
El mundo exterior, bien lo sabemos, es reflejo del mundo interior. La antigua ley de correspondencia no ha perdido vigencia: lo que pensamos, sentimos y sostenemos termina proyectándose en nuestra realidad cotidiana. Napoleón Hill lo expresó con claridad meridiana cuando escribió: “Todo lo que la mente del hombre puede concebir y creer, puede lograrlo”. Desarrollar una conciencia de prosperidad no implica negar las dificultades, sino interpretarlas desde una mentalidad que entiende el desafío como materia prima del crecimiento.
Reinventarse, entonces, no es un gesto ocasional ni una respuesta desesperada ante la crisis. Es una nueva forma de pensar y de asumir la realidad circundante, incluso —y sobre todo— cuando las adversidades amenazan con estancarnos. Nadie más que uno mismo puede sacudirse, romper la quietud improductiva y decidir renacer cada día. La reinvención auténtica ocurre cuando dejamos de esperar condiciones ideales y asumimos la responsabilidad de nuestro propio movimiento; la realidad circundante nos desafía.
En ese tránsito, la confianza se vuelve inseparable de la esperanza. Confiar no es ignorar los riesgos; es avanzar a pesar de ellos. Mirar hacia el 2026 con determinación implica aceptar que habrá dificultades, pero también afirmar, con serenidad, que los mejores días se construyen desde hoy. La esperanza no es ingenuidad: es una elección consciente de un mejor futuro.
Aceptar aquello que no podemos cambiar es un acto de madurez. Hacerlo con carácter y determinación nos permite sostener una vida equilibrada, lejos de la resignación y cerca de la sabiduría práctica. No se trata de renunciar a los sueños, sino de ajustar el rumbo con inteligencia emocional y firmeza interior.
Atraer lo mejor a nuestra vida está inevitablemente ligado a la capacidad de visualizar y de pensar en una modulación coherente con nuestras emociones en permanente vibración. No basta con perseguir la felicidad como un fin abstracto; es necesario alinear pensamiento, emoción y acción en una mezcla —una modulación vital— que dé sentido profundo a lo que hacemos y a cómo lo hacemos.
Las personas que llegan a nuestra vida nunca lo hacen en vano. Algunas llegan para quedarse y acompañarnos en el proceso más exigente: el de reinventarnos y, muchas veces, reencontrarnos. Otras son fugaces, pero dejan lecciones decisivas que nos transforman y nos hacen más conscientes. Todas cumplen un propósito de causalidad, no de mero destino. Cada encuentro trae un aprendizaje que, si sabemos leerlo, nos impulsa a una versión más consciente de nosotros mismos.
Que la vida nos siga sonriendo a cada paso, aun en las peores circunstancias o pruebas. Que nos enseñe a evaluar las dos caras de la moneda y a caminar con gradualidad por el justo medio de la existencia, con la mejor modulación posible. Y que cada día, sin excepción, tengamos el coraje de siempre volver a empezar; a reinventarnos.
Impetuoso 2026: a por más.
