El 5 de enero se celebró en Ecuador el Día del Periodista. Celebrar es una palabra generosa. Suena a copa en alto, a felicitación automática, a oficio digno. Pero basta mirar alrededor para sospechar que el periodismo, hoy, es más bien un nombre prestado. Un rótulo que muchos usan sin ejercerlo. Una palabra noble aplicada a prácticas cada vez menos nobles.
El periodismo se dejó usar. Se volvió flexible, maleable, negociable. Aprendió a hablar bajo, a no preguntar de más, a entender “el contexto”. Entendió —o le hicieron entender— que la crítica tiene costos y la complacencia, beneficios. Y así fue aceptando pequeñas renuncias que, sumadas, terminaron siendo una claudicación.
Están, por un lado, los influencers que se creen periodistas. O a los que llaman periodistas para no incomodarlos. No investigan, no verifican, no rectifican. Opinan desde el yo, desde la emoción, desde el gesto. Confunden exposición con autoridad y velocidad con verdad. No informan: narran su propia presencia. No responden ante nadie, salvo ante el algoritmo. Y, aun así, se los invita a opinar, sobre todo, como si la audiencia fuera una forma moderna de legitimidad.
Pero el problema más grave no está ahí. El problema está en los periodistas que sí saben lo que hacen y aun así eligen hacerlo mal. Los que facturan. Los que convierten el periodismo en un servicio tercerizado para el poder de turno. Trabajan para acomodar o construir relatos. No preguntan: adornan. No investigan: replican. No incomodan: justifican.
Este periodismo facturado no grita consignas. Sería demasiado evidente. Prefiere la sutileza: la publinoticia (sin indicarlo), la nota tibia, el titular neutro, la entrevista sin pregunta o repregunta. Prefiere la omisión a la mentira. Es más eficaz así. El conflicto de intereses no se declara porque ya no se percibe como conflicto, es un modelo de negocio. Y cuando informar depende de quién paga, la verdad se vuelve una variable negociable.
Durante años nos dijeron que esto era pragmatismo. Que había que adaptarse. Que el periodismo crítico era un lujo de otros tiempos. Que hoy importan las métricas, la sostenibilidad, el posicionamiento. Todo eso puede ser cierto. Lo que no es cierto es que se pueda llamar periodismo a cualquier cosa sin vaciar la palabra.
Porque el periodismo, cuando existe, es una molestia. Incomoda al poder, irrita a los gobiernos, fastidia a las empresas, desespera a los corruptos. Cuando deja de incomodar, cuando se vuelve amable, cuando coincide demasiado con el discurso oficial, algo se rompió. Y no fue el contexto: fue el oficio.
El Día del Periodista debería ser una fecha incómoda. Una pregunta abierta: ¿quién informa y quién publicita?, ¿quién investiga y quién factura?, ¿quién ejerce un oficio y quién solo usa el nombre?
Porque cuando el periodismo se convierte en propaganda con firma, la sociedad pierde la posibilidad de entender lo que le pasa. Y eso, aunque se festeje una vez al año, no admite celebración. (O)
Autora: Mihaela Badin
