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Lo que callamos los abogados

por Andres Ortega

Mientras almorzaba en un restaurante de la ciudad, dos sujetos conversaban acaloradamente sobre distintos temas jurídicos de interés. Uno de ellos era ingeniero, el otro abogado. En medio de su interlocución, el ingeniero le preguntó al abogado cómo le iba en el ejercicio de su profesión, a lo que este respondió: “Hermano, sigo siendo abogado en la medida en que eso todavía es posible en Ecuador”. Sus palabras, llenas de razón, me permiten reflexionar en estas líneas sobre lo que considero quiso decir con ese comentario, partiendo desde mi experiencia y la de otros colegas en Guayaquil. Veamos:

Quienes litigamos tenemos problemas constantes. Asistir a una audiencia se ha convertido en un escenario impredecible, principalmente por la disparidad de criterios de los jueces que, salvo las honrosas y conocidas excepciones, sentencian con deficiente técnica jurídica. En lo práctico, el dolor de cabeza no se queda ahí, pues hay que sumar las largas horas de espera para presentar escritos, demandas o para revisar un expediente, que solo estará disponible dependiendo del humor del funcionario de turno. Las sentencias son un capítulo aparte, ya que se han convertido en verdaderos cuentos interminables que, bajo la excusa de cumplir con el ejercicio de motivación, describen o detallan cualquier cosa, muchas veces sin tener relación con la materia de la controversia.

A todo lo dicho podemos sumar la escasa o nula participación del Colegio de Abogados del Guayas en los asuntos de mayor interés nacional. Además de organizar campeonatos deportivos, tan solo ha servido de caja de resonancia del discurso político de la década pasada. Atrás quedó la organización de eventos de verdadera relevancia académica, su influencia en la redacción de proyectos de ley y demás. Es decir, gremialmente no estamos bien representados y hemos dejado de tener la importancia que merecemos en el debate social. Entonces, ¿para qué afiliarse?

Ser abogado, como puede notarse, no es una tarea sencilla. Desmotiva y desilusiona que cada minuto invertido en la preparación de un caso pierda sentido al abrirse las puertas de un juzgado. Así como la Judicatura requiere de mejores abogados, nosotros también solicitamos procesos de selección más rigurosos, en los cuales solo los candidatos verdaderamente capacitados puedan formar parte de la Función Judicial. De lo contrario, nuestra sociedad seguirá condenada, entre otros factores, a vivir (como ya vive) en la injusticia. (O)

Por: Ítalo Sotomayor M.

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