Por: Vicente Barriga Haro.
Ayer, mientras compraba un queso a una bondadosa anciana que siempre vende en la acera de la farmacia cruz azul, en el barrio “Mariscal”, le escuché gritar a un joven quichua de unos 30 años más o menos, por cierto, se le notaba en su rostro que estaba bajo los efectos de aletargantes, esta frase una y otra vez a viva voz: ¡estudien para que no sean esclavos como yo! Realmente me dio mucha lástima oírlo, pero me quedó retumbando en mi cabeza y me dije: ¡Creo que es un buen tema para escribir! Así que hoy se los dejo amigos lectores, para que algunos papitos puedan compartirlo con sus hijos adolescentes.
La verdad es que es un tema muy delicado, porque estamos hablando de estupefacientes, no de alcohol, y si mal no recuerdo hace 50 años atrás en Puyo: ¡no existía! Lastimosamente los tiempos cambian, hoy la juventud está fuera de control. En días pasados vi como otro joven de color, se acercó para pedirme dos dólares para comprar pintura y poder vender una vieja mecedora que, de seguro, debe haber sustraído de alguna casa deshabitada. traía una barba espesa y descuidada de muchos días, por no haberse afeitado y vestía ropa sucia, tampoco se había bañado hace mucho tiempo. Es una lástima, ver cómo se pierden grandes talentos, el suyo era la pintura: ¡tenía madera de pintor!
Podría seguir poniendo más ejemplos. Pero no vengo a darles una lección ni a decirles cómo deben vivir. Sé que soy la última persona de la que muchos esperarían un consejo, pero precisamente por lo que observé, me di cuenta de cómo está viviendo este nativo. Y si él pudiera hablarnos ahora, estoy seguro que lo haría con el corazón en la mano. Tal vez empezaría así: Yo también fui joven como ustedes. También tuve sueños, me reí con mis amigos, hice planes y pensé que tenía todo el tiempo del mundo para hacer las cosas bien. Nunca imaginé que mi vida terminaría siendo tan diferente de lo que alguna vez soñé.
Sé, que, al principio, uno cree que puede probar, que no pasa nada, que tiene la situación bajo control. Se escucha decir que puede dejarlo cuando quiera y termina creyéndoselo. Yo también pensé así. No imaginaba que llegaría un día en que aquello que parecía una diversión se convertiría en una necesidad, y que algo que creía controlar terminaría controlándome a mí. Ahora entiendo que no todo lo que parece bueno al comienzo nos hace bien. A veces, por querer olvidar los problemas, por buscar compañía o simplemente por dejarnos llevar, terminamos metidos en situaciones de las que después cuesta mucho salir.
¿Saben qué es lo más triste? Que uno empieza dejando cosas para después y, cuando se da cuenta, ha dejado pasar oportunidades que no siempre vuelven. Los estudios, los consejos de la familia, la confianza de las personas que nos quieren y esos pequeños momentos que antes nos hacían felices comienzan a quedar lejos. Y uno quisiera volver atrás, aunque sea para tomar una decisión diferente, pero el tiempo no se detiene ni espera a que estemos preparados. Por eso quiero decirles algo que quizá no olviden: estudien para que no sean esclavos como yo.
No se los digo porque crea que estudiar soluciona todos los problemas. La vida es difícil para todos, y tener un título no garantiza que jamás vayan a equivocarse. Se los digo porque estudiar les abre puertas, les ayuda a pensar por ustedes mismos y les da herramientas para construir una vida en la que puedan elegir su camino. No permitan que nadie les haga creer que aprender no sirve, que ir a clases es perder el tiempo o que para ser aceptados tienen que hacer lo mismo que hacen los demás. No tienen que demostrarle nada a nadie poniendo en riesgo su futuro. Y si alguna vez sienten curiosidad por algo que saben que puede hacerles daño, deténganse un momento y piensen en lo que pueden perder.
Yo habría querido escuchar estas palabras cuando todavía tenía más oportunidades frente a mí. Quizá las habría ignorado, como muchas veces ignoré los consejos de quienes se preocupaban por mí. A veces, cuando somos jóvenes, creemos que nuestros padres exageran, que los profesores no nos entienden y que nadie sabe lo que estamos viviendo. Después, con el tiempo, comprendemos que algunas advertencias no eran regaños: eran maneras de querernos. No les voy a mentir diciendo que todo se arregla de un día para otro. Luchar contra una adicción no es fácil, y reconocer que uno necesita ayuda tampoco lo es. Hay momentos en los que quisiera recuperar el tiempo perdido y volver a ser ese muchacho que hacía planes sin imaginar todo lo que vendría después. Pero todavía estoy aquí, y quiero creer que mi historia no ha terminado. Estudien para que sean libres. Para que puedan elegir. Para que no tengan que decir algún día, como hoy lo digo yo: “Ojalá hubiera tomado otro camino”. ¡Hasta la próxima amigos!
