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El Chocolate de Caín

por Andres Ortega

Ecuador vive una dulce alucinación con trasfondo amargo. Mientras el discurso oficial se viste de gala para anunciar récords en la exportación de cacao, la realidad del chocolatero artesanal es la de un náufrago rodeado de agua dulce que muere de sed. Somos el país del “cacao fino de aroma”, pero en la mesa de la industria global, nos hemos resignado al papel de humildes proveedores primarios. Tenemos los diamantes, pero nos prohíben las herramientas para pulirlo.

El espejismo de la abundancia

Escuchamos con frecuencia los fuegos artificiales de la burocracia celebrando los ingresos por la venta de cacao en grano. Es el triunfo de la economía primitiva, el aplauso al extractivismo agrícola que nos mantiene como una despensa abierta y barata para el mundo. Pero este “éxito” es, en realidad, el síntoma de nuestra anemia industrial y artesanal. De qué sirve ser la cuna del mejor cacao si el artesano, el pequeño industrial, que son la gran base de la pirámide productiva, están condenados al raquitismo productivo.

Fomentar la producción de cacao sin facilitar el acceso a la maquinaria para elaborar chocolate, es sembrar en el cemento. Nos felicitan por las toneladas de “pepas” que enviamos en barcos, mientras de esos mismos barcos bajan chocolates europeos, envueltos en marketing de seda, fabricados con cacaos africanos de pésima calidad y grasas vegetales industriales.

La aduana que protege la obsolescencia

En el ecosistema del chocolate, la refinadora es el corazón; es el pulmón que permite que el micraje del cacao alcance la sedosidad. Sin embargo, importar una refinadora profesional de Perú o Colombia, donde calidad, tamaño y precio son aliados del productor; es una epopeya burocrática. La Ley del Artesano, la ley empobrecedora, exige demostrar que esa maquinaria que uno necesita: no se fabrica en el país.

Es una trampa circular. En Ecuador se fabrican “versiones” que son quimeras mecánicas, piezas de herrería con precios de ingeniería aeroespacial. Obligar al emprendedor chocolatero a comprar maquinaria nacional deficiente, sin ninguna normativa de calidad; es exigirle al cirujano que opere con una piedra porque aquí abundan las canteras. Esta miopía nos condena a usar juguetes de 5 o 10 kilos, mientras en Lima o Bogotá usan refinadoras de 500 kilos, por ello Perú y Colombia nos lleva años luz de ventaja en las ferias internacionales.

Fronteras de cristal y el mito del turismo

La pertenencia a la Comunidad Andina (CAN) se ha vuelto un corsé oxidado que solo aprieta al ciudadano honesto. Nuestras fronteras son hipocresía estadística. Nos venden cifras infladas de turistas cuando, en realidad, los pasos fronterizos son puertas giratorias para comerciantes informales, migrantes en tránsito y prófugos de la justicia de esos países. Mientras el ecuatoriano normal, es detenido en las fronteras, por un sello faltante en su compra, los grupos delincuenciales tienen luz verde y pase libre. Nuestras fronteras son un colador para el contrabando y la ilegalidad, pero un muro de hormigón para el que intenta traer una máquina de forma legal.

El anti-patriotismo en la percha

El golpe fatal se siente en los pasillos de los supermercados y cadenas de farmacias de todo el país. Allí, las vitrinas de honor son para los chocolates europeos, envueltos en un aura de prestigio con olor a bodega de barco y a bunker quemado, que contaminó el cielo por los meses que duró su travesía hasta nuestro país. Son chocolates que ignoran nuestra tierra y la casi totalidad, ni siquiera contienen cacao ecuatoriano, pero esta azúcar saborizada y tinturada, alimenta un colonialismo mental, donde lo extranjero es mejor, solo por venir de fuera.

Es el anti-patriotismo chocolatero en su máxima expresión. Un país que se jacta de sus raíces, de ser el origen, pero que desprecia sus frutos transformados. Si queremos que el chocolate en Ecuador sea un rugido y no un susurro, liberemos la importación de maquinaria. Somos el país que exporta el alma del chocolate, pero importamos sus sobras envueltas en papelería de lujo. Es hora de permitir que la tecnología fluya para que, por fin, el cacao ecuatoriano, deje de ser solo una pepa de exportación y se convierta en una verdadera bandera de libertad económica.

Por: Guido Calderón

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